Etapas del Duelo ya sea por muerte, pérdida de una pareja, pérdida de salud por enfermedad y sus consecuencias, pérdida del empleo o degradación del puesto de trabajo, o bien por cambio en la vida personal.

Cada etapa, después de producirse un cambio de cualquier índole, tiene su razón, su proceso de superación y su manifestación.

La primera etapa a la que nos enfrentamos es la NEGACIÓN de lo que nos está pasando.

La negación es la reacción natural de nuestra mente que nos protege de no ver ese hecho que tanto nos duele.

Nuestra mente, con el objetivo de protegernos nos niega lo que está sucediendo. Sin embargo, no es bueno negar lo que nos está pasando. Podemos negárnoslo todo el tiempo que queramos pero, sin superación, ese dolor solo lo estamos tapando y se estará manifestando toda la vida en nuestra salud.

Nosotros sabemos que el «hecho», sea cual sea, ha pasado, y nuestros pensamientos y emociones a partir de ahí van a evolucionar en función de las consecuencia de ese hecho. Funcionaremos según nuestra experiencia vivida y seguramente nuestras reacciones no van a ser de lo más positivas que nos gustaría. Así que es muy importante que nosotros mismos seamos capaces de identificar esa etapa de Negación en la que nuestro organismo pretende protegernos de lo que nos ha sucedido.

No es bueno no ser consciente de esa eatpa de la negación puesto que es algo que tendremos que asumir porque, antes o después, tendremos que superar para curarnos.

No hay que negarse los duelos que se deben de pasar sino el dolor permanecerá en nuestro organismo y, más tarde o más tempreno, terminará saliendo al no haber sido aceptado, afrontado y superado.

Muchas veces nos negamos admitir ese proceso de duelo porque no queremos que se presenten otras etapas que vienen después de la negación y que se manifiestan en todo proceso de duelo.

Una vez que rechazamos la negación y aceptamos lo que nos está pasando, viene la  segunda etapa, la IRA. Etapa en la que nos enfadamos por lo que estamos pasando. Buscando culpables. En la que si no nos rodeamos de gente positiva corremos el riesgo de caer en el victimismo.

El enfado hay que sacarlo también apoyándonos en otras personas pero, ¡cuidado!, no enfadándonos con ellas por lo que nos ha pasado.

¡Hay que sacar la ira de nuestro interior!

Apoyarnos siempre en quién nos escuche de verdad y que no tenga prisa de marcharse cuando nos está escuchando. Que no le importe estar ahí siempre.. Empatizando. Aportando pensamientos positivos y, lo que es más importante, siempre constructivos. Hasta que de pronto, llegamos a ese momento en el que, habiendo soltado la carga de nuestro enfado, nos sentimos aliviados. Alivio que nos va a servir para recuperarnos un poquito y hacernos más fuertes para ir venciendo ese dolor.

No debemos sentir miedo por expresar el enfado. Ni vergüenza por llorar. Pues si quieres cuararte ese dolor, y tu amigo o familiar quiere ayudarte, debe dejar que salgan tus sentimientos con libertad y con total naturalidad. Y si esa persona que te apoya y te escucha, además,es capaz de arrancarte un poquito de humor en ese proceso, mejor que mejor. Con ello te estará tendiendo una mano bien fuerte para ayudarte a salir del pozo en el que sientes estar metido haciéndote generar a ti mismo energía muy positiva para ir recuperando tu bienestar.

Después de la ira, entramos en la tercera etapa del duelo, la ZONA DE CONFORT. Etapa de duro trabajo con uno mismo y lugar donde corremos el riesgo de estancarnos.

Sentimos una profunda tristeza reconocida como una «depresión transitoria». No llega a ser una depresión crónica, aunque si se siente como tal. Y si no somos capaces de resolver, puede transformarse en una depresión crónica con el tiempo.

Podemos llegar a sentir tristeza, muchas ganas de llorar, falta de ganas de levantarnos de la cama, aislarnos en casa o en nuestra habitación, sentir cansancio, sentirse en un callejón sin salida, sensación de falta de aire, aceleración de los latidos del corazón, sensación de mareos, en general, desmotivación por todo.

Nos encerramos a vivir solos en nuestro dolor, llorando y llorando, pensando que un día nos vaciamos y que con ello, nos curamos. Pero nunca llega ese día. Este dolor que sentimos es del que la negación nos quería proteger.

En un proceso, es importante sacar todo el dolor hacia fuera. Estamos acostumbrados en la sociedad en la que vivimos, que cuando alguien pasa un proceso de dolor se nos diga: «no llores más», «no pienses más en ello», «llorar es de débiles»… Y debido a este pensamiento social, llegamos a pensar en «qué es lo que van a decir los demás» si nos derrumbamos o nos ven llorar. Y por ello, nos negamos el llorar.

Al no sentir libertad de aflorar todo este dolor que sentimos, nos lo guardamos dentro, y padecemos un proceso depresivo muy intenso internamente que se refleja externamente puesto que actuamos en consecuencia de ello.

Si ese dolor que sentimos no es aceptado, afrontado y superado, se convertirá en un sufrimiento constante en nuestra vida que se manifestará en cualquier situación que identifiquemos o relacionemos al hecho que nos ha sucedido, haciendonos volver a sentir ese dolor y por tanto, en ese instante, reacciónar con actitud negativa y de rechazo hacía esas situaciones. Haber perdido una vez, no significa que vayamos a perder todas. Si nos dejamos invadir por la negación, nos estaremos negando la posibilidad de poder avanzar en la vida y de vivirla.

Simplemente con aprender de esa experiencia para no repetir patrones, podríamos volver a construir de nuevo. Para ello es necesario que aceptemos lo sucedido. Debemos compartir con quienes nosotros queramos lo que nos está pasando. Darnos la oportunidad de desahogarnos con alguien que nos demuestre que sabe escuchar. Que puede empatizar con nosotros. Que sea positivo y no alimente mi enfado apoyando mi rencor.

Hablar exteriorizando nuestro dolor es una forma de ayudar a curar ese dolor. Sacando nuestra tristeza de dentro y con ello mejorando un poquito cada día.

En esta etapa, una vez aceptado el hecho y calmado nuestra ira, negociaremos con nosotros mismos, mucho. Realizando un duro trabajo interno de reconstrucción en nosotros. Cerrando así una etapa pasada y preparándonos para la nueva etapa que nos toca vivir. Haciéndonos conscientes de que la vida siempre nos tiene algo positivo guardado para después.

Una vez realizadas las negociciones necesarias, pasamos a la cuarta etapa que es la ACEPTACIÓN de nuestra realidad actual. En ella comenzamos a sentir la necesidad de volver a vivir con serenidad. Dando lugar a la quinta y última etapa que es  en la que comenzamos a vivir y por lo tanto, empezamos a RECONSTRUIR nuestra nueva vida.

¡Me voy a ser feliz! ¿Te vienes?