«Te echo de menos.»
«No puedo creer que te haya perdido para siempre.»
«No podré de nuevo levantarme…»

Frases como éstas son las que alimentan el estado de resistencia.

Nos resistimos a la idea de la perdida definitiva de alguien que formaba parte importante en nuestra vida. Y cuánto más se piensa, más duele, más cuesta levantarse y más cuesta seguir adelante.

Ponemos resistencia a la mera idea de caer en el olvido. De no volver a saber de esa persona que hemos perdido.

Nos resistimos a aceptar el cambio que ello supone de nuestra estructura de vida. Tememos a lo desconocido. Miedo a volver a crear nuevos hábitos y rutinas en las que ya no estará esa persona que se ha ido. Porque cuesta. Porque duele. Por el miedo a lo desconocido.

Es posible, que tiempo después de haber sufrido esa pérdida, podamos seguir sintiendo dolor debido a la resistencia que ponemos de aceptar esa perdida y a que esa persona no está con nosotros ya que probablemente, no volverá.

Si no puedes cambiar una situación dolorosa, siempre podrás adoptar una actitud con la que afrontar ese sufrimiento y superarlo.